miércoles, 26 de noviembre de 2008

Pregoneros y apóstoles esa es nuestra misión


Cuando oímos la palabra MISIÓN, misiones o misioneros nos llega como un aire de selva, de lugares ignotos, de países muy distantes a nosotros y de un puñado de hombres y mujeres, que abandonando todo, comodidades y familia, se fueron a predicar el Evangelio. Pero tenemos que entender de una vez por todas que el mundo católico está en Estado de Misión.
Cada uno de nosotros tenemos el deber de ser misioneros. No nos podemos conformar con ser católicos de Bautizo, de Primera Comunión, tal vez de Sacramento de Matrimonio... y de una llamada de urgencia al sacerdote cuando estemos a las puertas de la muerte y en algunas ocasiones tan solo por precaución: ¡no vaya a ser que de verdad haya "algo" después...
Hay quién dice:
- "Soy católico pero no practico".
¿Quién podrá decir soy tenista si no juego tenis?¿Quién podrá decir poeta, pero no hago versos?. Nuestra vida de fe nos lleva a poner en practica esa fe, mantenerla viva y que nuestra existencia tenga coherencia con lo que creemos.
Tenemos una importante misión que realizar. Primero con nosotros mismos, buceando, sumergiéndonos en la palabra de Dios, preparándonos más a fondo en nuestra religión, no conformándonos con lo que aprendimos de niños y hoy la llevamos como asignatura prendida con alfileres y después, hacer esta labor de misioneros con los más cercanos, con los seres que amamos dentro del núcleo familiar. Así como velamos, nos interesamos y preocupamos por su estado económico, bienestar y salud física, así hemos de poner el máximo interés por transmitirles lo que nosotros llevamos dentro espiritualmente y también en el ámbito de nuestro trabajo y en el círculo social al que pertenezcamos.
Recordando las palabras del Papa Juan Pablo II: "El don más precioso que la Iglesia ( y nosotros somos la Iglesia) puede ofrecer al mundo de hoy, desorientado e inquieto, es la de formar cristianos firmes en lo esencial y humildemente felices en su fe".
También en el primera carta del Apóstol san Pablo a Timoteo: 2,1-8, nos llega este mensaje muy válido para hacerse presente en nuestros días: "Te ruego hermano, que ante todo se hagan oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres y en particular, por los Jefes de Estado y las demás autoridades, para que podamos llevar una vida tranquila y en paz, entregados a Dios y respetable en todo sentido. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, pues El quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres. Cristo Jesús, hombre El también, se entregó como rescate por todos. El dio testimonio de esto a su debido tiempo y de esto yo he sido constituido, digo la verdad y no miento, pregonero y apóstol para enseñar la fe y la verdad. Quiero pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración donde quiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras".
Pregoneros y apóstoles esa es nuestra misión. Donde quiera que estemos, pregonar la verdad, la rectitud, la generosidad junto a la palabra de Dios, dando testimonio de nuestra fe como la gran luz que ilumina al mundo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

no tener confianza es no tener paz

No tener confianza, desconfiar, es perder la calma, es no tener paz.
Hoy en día los hombres y las mujeres desconfiamos de todo y por lo
tanto no tenemos paz. Vivimos recelando, pensando en que todos nos
pueden engañar. Y eso igual pasa dentro de la iglesia, porque no
cogemos la palabra y la ponemos por obra, porque la palabra es la fe y
uno tiene que coger la palabra y comerla no limitarse a escucharla ,
alli está el problema del cristiano que solo oye y no come el pan de la
palabra , por eso vive en la oscuridad.
El Señor nos ha cogido como Abraham y nos lleva donde quiere y uno no
sabe donde lo importante es obedecer y renunciar al tesoro mas grande,
porque si te aferras al tesoro mas grande de tu vida vives una vida
sin sentido, hay que renunciar a ese tesoro mas grande como Abraham
renunció a su propio hijo, Por que donde está tu tesoro allí está tu
corazón.

Tal vez sea porque tampoco nosotros somos auténticos, tal vez sea por
eso. Lo cierto es que vivimos en un mundo de engaño. Engaño en los
negocios, engaño en los artículos que consumimos, comida, cremas,
accesorios, contratos, etcétera; engaño en el amor y en la amistad. Y
cuando somos sinceros, honestos, ¡cuánto nos duele que alguien nos
traicione!

Creer en nuestros semejantes, en nuestros seres queridos, es necesidad
vital para poder vivir. Creer plenamente, sin sombra de duda en el ser
amado es condición necesaria para sublimarnos en toda nuestra
integridad moral como el que alguien nos diga: - ¡Creo en ti!. Pero
los seres humanos nos fallamos unos a otros y es ahí cuando aparece el
dolor, los celos, la desconfianza.

Tal vez hoy tengamos eso, dolor, decepción, estamos heridos, nos han
engañado... Tal vez aquel puesto de trabajo que nos prometieron fue un
engaño, tal vez aquel juramento de amor no fue sincero, tal vez
aquella amistad nos clavó un puñal por la espalda... Traición,
mentira, desilusión, elementos y sensaciones que nos hacen estar
tristes, muy tristes. No queremos hablar con nadie, no queremos
contarle a nadie nuestra pena, ¡nos han engañado! y hemos perdido la
confianza.

Por ese dolor, de la índole que sea, no nos dejemos aniquilar. Dios es
nuestro Padre y nos está cuidando, un Padre todo amor y en Él sí
podemos confiar. Fijémonos en los niños cuando juegan en el Parque.
Andan corriendo un poco lejos de su madre, pero si tropiezan y caen, o
algo los asusta, corren a refugiarse en los brazos de ella que los
acoge solícita y el niño con un suspiro de llanto apoya su cabecita en
el regazo materno porque allí se siente seguro y CONFIADO. Eso es lo
que necesitamos cuando las cosas nos hacen sufrir, tener confianza en
nuestro PADRE Dios pero también en los hombres. El niño no solo cuando
cae o tiene miedo, sino cuando encuentra una florerilla corre gozoso a
mostrársela al ser querido. Así nosotros en nuestras penas, pero
también en nuestros acontecimientos gratos, en nuestros triunfos y
alegrías vayamos a Él para mostrarle y agradecerle todo aquello que
nos llena de dicha.

La falsedad, aunque en estos tiempos parece acosarnos para donde
miremos, no es un mal de hoy. Ya lo podemos ver en el texto de
Jeremías, 9, 3 - 55: "Nada de fidelidad, solo el fraude predomina en
la tierra. Amontonan iniquidad sobre iniquidad... recelan uno del
otro, nadie confía en nadie todos engañan, todos difaman... no hay en
ellos palabras de verdad. Tan avezadas están sus lenguas a la mentira,
que ya no pueden sino mentir".

Nos engañamos, nos mentimos unos a otros porque no somos auténticos.
Hemos de vivir nuestra existencia con autenticidad para poder confiar
y dar confianza a nuestros semejantes.

Estamos llamados a hacer un mundo nuevo. Un mundo mejor. Un mundo
verdad. Y LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES. Para eso tenemos que vivir
nuestra propia vida con auténtica verdad. Una auténtica renovación en
nuestras vidas, empezando por confiar en la Humanidad.